Sin embargo, ninguno de estos países de mayoría musulmana se apresura a ayudar a Irán y, por el contrario, muchos lo ven como una amenaza.
Es que, si bien sostienen el mito de la solidaridad panmusulmana, también se enfrentan a contradicciones sectarias, desconfianza mutua, intereses nacionales, dependencia de Estados Unidos y la reticencia a verse arrastrados a otra guerra de consecuencias impredecibles.
Irán aspira a convertirse en una potencia nuclear y la potencia hegemónica regional. Y desde aquel 28 de febrero ha estado bombardeando a los países árabes vecinos.
Este es uno de los mayores errores estratégicos de Irán en los últimos años.
Durante mucho tiempo, Teherán jugó con gran habilidad, intentando presentarse ante el mundo árabe como defensor de la solidaridad islámica y portador de un mensaje humanitario para todos los musulmanes.
Sin embargo, hoy es Irán quien lanza ataques contra países árabes, justo en pleno mes sagrado del Ramadán, afirma la experta en Medio Oriente Yasmina Asrargis.
El mundo islámico no es monolítico. Las autoridades de cada país musulmán (en su mayoría árabes) se guían principalmente por sus propios intereses políticos y económicos y no están dispuestas a acudir en ayuda de Irán por pura solidaridad.
Además, las actitudes hacia Irán en el mundo musulmán son complejas.
No es un país árabe, hablan un idioma diferente y la mayoría de la población es chiita, mientras que la abrumadora mayoría de los musulmanes en todo el mundo son sunitas. La guerra actual solo tiene una relación tangencial con la religión, pero históricamente, la división entre sunitas y chiitas ha determinado en gran medida el equilibrio de poder en Medio Oriente.
«No puede haber solidaridad sunita con los chiitas, especialmente si el Irán chiita ataca a los estados sunitas», explicó a la BBC Fabrice Balanche, experto del Instituto Washington para la Política de Medio Oriente.
Además, Irán ha atacado a sus vecinos sunitas durante el mes sagrado de Ramadán y amenaza con arrastrarlos a un conflicto aún más grave que ataca directamente sus intereses.
La República Islámica no contaba con muchos aliados en la región ni en el mundo, pero hoy en día Teherán se encuentra, de hecho, aislado.
Casi medio siglo de gobierno del régimen de los clérigos ha convertido a Irán en uno de los principales perturbadores de la paz en Medio Oriente. Los países del mundo islámico lo veían con recelo y, a menudo, con abierta hostilidad.
Tras la Revolución Islámica de 1979, Irán comenzó a crear y consolidar sistemáticamente la imagen de un poderoso Estado islámico, vanguardia de la lucha del mundo musulmán.
Su antiguo aliado, Estados Unidos, fue declarado enemigo principal, e Israel, «el mal menor». Teherán se fijó el objetivo de exportar el modelo de Estado teocrático a otros países y, en particular, de defender y armar a la minoría chiita de la región.
Las ambiciones de Irán no satisfacían a los Estados del golfo Pérsico, sobre todo a Arabia Saudita, en cuyo territorio se encuentran los principales lugares sagrados del islam.
Durante muchos años, Riad y Teherán se consideraron mutuamente como principales rivales en la lucha por la influencia en la región.
Los sistemas políticos de las monarquías árabes petroleras del golfo Pérsico se asemejaban en gran medida al régimen del sha iraní derrocado en 1979, por lo que temían especialmente a los levantamientos populares.
