Era un sábado de marzo y el ambiente transcurría con normalidad. El calor empezaba a hacerse más evidente, pero el entorno era agradable, perfecto para relajarse y descansar. La brisa del mar refrescaba y corría suave; el sol caía con fuerza sobre la arena negra característica del litoral pacífico del país, y las piscinas ofrecían un respiro a los turistas que deseaban disfrutar su fin de semana de descanso.
Pero después del mediodía la calma se rompió de forma abrupta, ya que un incendio de grandes proporciones cambió por completo el panorama.
Era el 8 de marzo. Un terreno baldío con hierba seca, viento fuerte y, según vecinos, basura que alguien quemó sin control fueron los ingredientes de una tragedia que consumió, en menos de dos horas, hoteles, restaurantes, casas y años de trabajo acumulado en las aldeas El Paredón y Milagro de Dios, en Sipacate, Escuintla.
Juan Carlos Batres, instructor de surf, fue de los primeros en intentar detener el fuego. “Vimos un humito, como que era basura que se estaba quemando”, recuerda. Junto a dos voluntarios extranjeros y un joven local comenzó a tirar agua con lo que había. “Pasamos una hora intentando detenerlo, pero la verdad era muy fuerte el viento”. Se quemó los pies. Su escuela de surf, con 112 tablas adentro, desapareció.
